"Los embajadores" de Hans Holbein el Joven (1533)
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Una obra de referencia
es la Historia de la Diplomacia Española, de Miguel Ángel Ochoa Brun
(Ministerio de Asuntos Exteriores, 1991), dividida en tres partes dedicadas a “Los
orígenes y la Edad Media”, “La Edad Media” y “La Edad Contemporánea”. Se trata
del trabajo más completo y profundo que se hizo en España sobre esta materia, en
la que el autor es un absoluto especialista por su condición de doctor en
Historia y embajador de carrera. Desgrana los acontecimientos diplomáticos a
través de los sucesivos reinados: contexto histórico, protagonistas, desarrollo
de los acontecimientos, nombre y circunstancias de los elegidos como
embajadores, etc.
Es muy curioso el relato
del proyecto de Enrique III de Castilla orientado a enviar en 1401 una embajada
a Tamerlán, líder del Imperio timúrida, en la que los legados siguieron los pasos
de Marco Polo. Se conocen los nombres de los enviados (Payo Gómez de Sotomayor
y Hernán Sánchez de Palazuelos) y sus aventuras de ida y vuelta, que incluyeron
una estancia en la corte de Bayaceto I, rey de Turquía, temido por los
cristianos y, además, encarnizado enemigo de Tamerlán (vol. I pp. 230 y
siguientes).
Otro título fundamental es Corona y diplomacia. La monarquía
española en la historia de las relaciones internacionales (Biblioteca
Diplomática Española, 1988). La obra recoge seis conferencias ofrecidas entre
el 23 de noviembre y el 2 de diciembre de 1987, en el marco del curso “La Monarquía
y la Diplomacia española” celebrado en la Escuela Diplomática de Madrid:
Ochoa Brun, Miguel Ángel:
“La monarquía del Renacimiento y la Diplomacia Española” (pp. 19-54).
Fernández Álvarez,
Manuel: “La monarquía católica y la política europea: la política exterior de
los Austrias Mayores” (pp. 55-84).
Hernández y Sánchez,
Mario: “La monarquía indiana” (pp. 85-100).
Jover Zamora, José
María: “La diplomacia de la Ilustración” (pp. 101-134).
Salom Costa, Julio: “La
Restauración y la política exterior de España” (pp. 135-182).
Seco Serrano, Carlos: “Alfonso
XIII y la diplomacia española de su tiempo”, (pp. 183-211).
De entre todas las conferencias, destaco especialmente la de Manuel Fernández Álvarez, Académico de la Historia, quien realiza una comparativa entre la política exterior de Carlos I y de su hijo, Felipe II. También los compara en el aspecto diplomático, considerando la acción más expeditiva y directa en el caso del primero, más discreta en el caso del segundo, quien delegaba en embajadores y en sus familiares más directos los encuentros en la cumbre con los soberanos de su tiempo.
Este repaso termina con
una crónica deliciosa: el Viaje por España (1524-1526) de Andrés
Navagero, en la edición de Turner. Navagero (1483-1529) fue un hombre del
Renacimiento, bibliotecario y cronista de la República de Venecia, también
embajador, a quien la República encargó una misión ante la corte de Carlos V,
para que el emperador español liberara al rey francés Francisco I. ¡Ardua
misión!, pero conseguida. La historia de su viaje es apasionante y está narrada
en este pequeño libro, que comienza con su llegada al puerto de Barcelona, el
viaje a la corte de Toledo y su desplazamiento a Andalucía, siguiendo a la
corte y presenciando las celebraciones de la boda de Carlos con Isabel de
Portugal.
La narración en primera
persona contiene muchos detalles del viaje pero la crónica es, sobre todo, un
relato sobre cómo veía Navagero la tierra hispánica. De entre los innumerables
ejemplos seleccionamos la descripción de los moriscos de Granada, pocos años
después de la expulsión de Boabdil: “Aunque no hay en Granada tanta gente como
cuando era de los moros, es todavía muy populosa y no hay en España quizá
tierra más frecuentada. Los moriscos hablan su antigua y nativa lengua y son
muy pocos los que quieren aprender el castellano; son cristianos medio por
fuerza y están poco instruidos en las cosas de la fe, pues se pone en esto tan
poca diligencia, porque es más provechoso a los clérigos que estén así y no de
otra manera; por esto, en secreto, o son tan moros como antes, o no tienen
ninguna fe; son además muy enemigos de los españoles, de los cuales no son en
verdad muy bien tratados” (pp. 57-58).
Fue una tarde de invierno muy aprovechada, sin duda.
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