lunes, 23 de junio de 2014

Felipe VI

Un jefe de Estado leal y dispuesto a escuchar, un nuevo rey que apuesta por la innovación y las nuevas tecnologías, que destaca su presencia generacional sin olvidar el homenaje a su padre y maestros y, sobre todo, que apela a la diversidad nacional como motor de la unión del estado. Felipe VI ha sido proclamado como rey y su presencia y palabras, han servido de catalizador de los nuevos impulsos, estilos y maneras que deben caracterizar al siglo XXI. Desde el pasado 2 de junio, se han celebrado varios episodios de un acto trascendental en la vida de Felipe de Borbón y Grecia, e importante para el resto de los españoles. Un acto con un marcado carácter constitucional, en el que se ha apostado por la sobriedad y sencillez (como no podía ser menos, en las actuales circunstancias), y que utilizando gestos de connotación sentimental y familiar (besos y abrazos entre los diferentes integrantes), ha tenido en ese paseo en coche descubierto por las calles principales de Madrid, uno de sus momentos más importantes, por lo que tiene de expresión de confianza y voluntad de acercarse al pueblo.
La presencia de las dos niñas, Leonor, princesa de Asturias y Sofía, infanta de España, soportando estoicamente los actos protocolarios, aportó el gesto exacto de frescura y naturalidad, tan importante para equilibrar la rigidez del protocolo. Era indeludible su participación, pues el nacimiento de la que hoy es princesa de Asturias, garantizó el principio básico e imprescindible para la institución monárquica: la continuidad y garantía de permanencia en el futuro.
Los que hoy estamos en la mitad de nuestra vida y en teoría, en plena explotación de nuestras habilidades personales y competencias profesionales, podemos encontrar en el actual rey un referente de prudencia, preparación y equilibrio, pero también, y sobre todo, de una visión pragmática de la vida y la sociedad actual. Tras los actos protocolarios de estos días, le espera un reto difícil y motivador: conseguir que, de nuevo, los ciudadanos confíen en la institución de la Corona, que además de ser la más alta magistratura del Estado, es depositaria de una parte muy importante de la imagen que nos va a representar por el mundo (como hasta ahora hizo su padre, el rey Juan Carlos I).
Las autoridades no son las únicas responsables sino que, entre todos, podemos conseguir pequeños cambios que, de nuevo, nos devuelvan ese ánimo e ilusión con el que nuestros padres y abuelos, vieron asomarse al balcón del Palacio de Oriente el 27 de noviembre de 1975 a Juan Carlos I. Ese sentimiento impregnó la calle, la empresa, las oficinas, la Universidad... y encontró en la intensa labor política e institucional llevada a cabo por nuestros representantes (con el rey a la cabeza) el motor de arrastre adecuado. Ese día, Juan Carlos estuvo acompañado por su familia, bajo la atenta mirada de un niño que, 39 años después, protagonizó el momento más importante de su vida en compañía de sus hijas.
Como los millones de niños y niñas españoles, cuya mirada y presencia, debe constituír para sus padres no sólo garantía de continuidad sino, sobre todo, el motor de arranque para esa locomotora que se fue desacelerando estos últimos años.

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