viernes, 12 de febrero de 2021

ASHA MIRÓ: ESCRIBIR SOBRE SENTIMIENTOS, CULTURAS Y MUJERES.

 

“Al amanecer nos despierta el tintineo de las campanillas de Naresh. Reza sus oraciones, enciende una barrita de incienso y en el umbral de la puerta, con un polvillo blanquecino, dibuja sus flores, cada día con un motivo diferente”.


          Las mujeres indias se visten con saris de vistosos colores, adornan sus brazos con pulseras, pintan su piel con henna y maquillan sus ojos con kohl. Veo sus imágenes y transmiten sensualidad y belleza, incluso las mujeres humildes, que trabajan en el campo o en la casa. Yo lo percibo así y por eso me ha gustado desde siempre leer sobre ellas, verlas en fotos y documentales.

           Asha Miró nació en India, pero se crio en Barcelona, es hija adoptiva de una pareja pionera en la adopción internacional. En 2003 publicó su primer libro, La hija del Ganges, al que siguieron otros como Las dos caras de la luna, cuentos infantiles y guiones de películas. Es una gran escritora, sobre cuya vida y obra podemos leer en la página web ashamiro.org.

         ¿Por qué recomiendo leer La hija del Ganges? En el libro, Asha cuenta su viaje de regreso a Bombay, con 26 años, cuando ya habían transcurrido 19 o 20 desde su llegada a Barcelona y había olvidado casi todo sobre su infancia en un orfanato de esa ciudad, el Regina Pacis. En su viaje de regreso, trabaja como profesora, vive con una familia e investiga sobre sus orígenes, consiguiendo viajar hasta el pueblo en el que había nacido en 1967.

         Asha ama a sus padres adoptivos, pero necesita saber quiénes eran sus padres biológicos. ¿Por qué la habían dado en adopción? ¿Qué les había ocurrido? Tiene una hermana en Barcelona, Fátima -también india de nacimiento-, pero supone que tiene otros en India y los desea conocer. Por eso, el libro es una historia de sentimientos encontrados, también un alegato a favor del amor, la familia y el proceso de adopción.  

         La historia tiene un final feliz a pesar de la miseria de los pobres, de la marginación de las mujeres, de la explotación de las niñas, de la desesperación de muchos hombres, pues Asha descubre la belleza interior de una cultura milenaria y encuentra un sentido a su vida.

 

 

lunes, 8 de febrero de 2021

LEYENDO SOBRE LAS BUENAS MANERAS SE PASAN LAS HORAS VOLANDO

 

     



     Soy una entusiasta de los libros de buenas maneras, cortesía…. o cómo queramos llamar al arte de relacionarnos educadamente los unos con los otros. Me gustan por lo que se escribe en ellos, también por lo que expresan acerca de la época en la que son publicados: el título escogido, la distribución de los contenidos en capítulos, los ejemplos… son sintomáticos de los valores y principios del momento. Veamos algunos.

 


     El Manual de la Urbanidad y del Decoro o Reglas y Consejos para bien parecer en la Sociedad es un librito que fue editado en Barcelona en 1830, siendo rey Fernando VII. De su autor solo conocemos las siglas (D.F.A. y G.) por lo que suponemos fue una obra de encargo, quizá del impresor Juan Francisco Piferrer. La obra está estructurada en cinco partes en las que se van desarrollando diferentes aspectos. Por ejemplo, con la urbanidad relacionan el respeto a los ancianos, también la locuacidad o timidez. En cuanto al decoro, comprende temas muy diversos, como el vestido, el viaje “en diligencia”, el juego y la actitud en los espectáculos públicos, en donde el autor aconseja que se guarde “la mayor reserva …para no incomodar a los que se hallan más inmediatos, y un profundo silencio cuando están los actores en escena, para no distraer a los que toman interés en la pieza que se representa”. Toda una lección de comportamiento en eventos públicos, que hoy sigue siendo de utilidad.

     Enciclopedia de la Educación y mundología fue publicado en 1957 y su autor es Antonio de Armenteras. El libro está repartido en ocho capítulos dedicados a temas tan diversos como “Educación y matrimonio”, “Distinción, presentación, señorío, elegancia”, “Comunicación de la persona con sus semejantes” y “El arte de viajar”. Se trata de un completo manual de protocolo social, que intercala entre los textos modelos sencillos de invitaciones, tarjetas de visita y minutas de menús. Los dibujos que introducen los capítulos son deliciosos y los textos, amenos, con frecuentes referencias a autores y personajes históricos.

     ¡Muchas de las afirmaciones contenidas en el libro pueden ser hoy motivo de escándalo público! En el capítulo V, dedicado a la comunicación, se escribe que “El hablar por los codos debe ser únicamente privilegio femenino. Aunque sea una lástima que mujeres encantadoras hablen de lo que no entienden, en ellas la charlatanería tiene disculpa, en los hombres jamás”. Podríamos añadir muchos ejemplos y todos insisten en el papel secundario, débil y dependiente que la sociedad de entonces reservaba a las mujeres, por oposición al del hombre, que, en palabras del autor, “debe oler a limpio, a jabón, o a colonias frescas, cargadas de alcohol y con aromas de limón”, pero no a perfume, pues “nunca un perfume será lo suficientemente viril para poder ser usado por un hombre”.


 

     El siguiente ejemplo es Manual de las buenas maneras, de Ángel Amable. Dispongo de una edición del Círculo de lectores, del año 1991. Los capítulos están dedicados a los mismos temas y sus títulos son más sencillos, por ejemplo: “Ceremonias”, “Reuniones sociales”, “De viva voz”, “Los modales en la mesa”. En el penúltimo, titulado “Algunas notas acordes con los tiempos” se ofrece una larga lista de consejos por orden alfabético, dedicados a temas tan dispares como los animales, los árabes, los guardias, los homosexuales, la mili, el peluquín y las zapatillas. ¡Son muy curiosos! Por ejemplo, en el tema de “solteros empedernidos”, leemos que “Antes eran gentes que no encontraban marido o esposa. Ahora son fruto, muchas veces, de una elección madurada y personal. Respétela y no intente hacer de casamentero. Eso sí, no invite nunca a un soltero solo a una cena de parejas. Si lo hace, invite también a una soltera”.

     Del Tratado de las Buenas Maneras Alfonso Ussía vendió miles y miles de ejemplares, tanto en su primer tomo (editado en 1991) como en el segundo (1994). El primero lleva por subtítulo para que no sea usted un cursi ni un hortera y va mucho más allá de un manual de cortesía social, ironizando sobre muchos nuevos hábitos que estrenaban los españoles de la década de los noventa: comían más marisco, por lo que Ussía recomienda naturalidad y nunca alabarlo mientras se come; muchos se habían convertido en “ejecutivos agresivos” que practicaban jogging en chandall, tuteaban a curas y monjas y usaban “bañador” en vez de “traje de baño”. El segundo comprende consejos dirigidos a los “esnobs y los tontos que alucinan mogollón” con las novedades de la época. Más de un lector se habrá sentido incomodado si ha puesto a sus hijos nombres como “Vanessa”, “Thania”, “Natacha”, “Amnistía” o “Mark”, si suele hacer carantoñas con la pareja en público, usa zapatos de rejilla en verano o dice que “va al váter a hacer de vientre”. Los libros vienen además acompañados por ilustraciones de dos grandes artistas: Antonio Mingote y Barca, así que resultan agradables y entretenidos a la vez.

 


     Escojo como último título el libro escrito por Carla Royo-Vilanova La sencillez del saber estar y publicado en 1999, que incide en la importancia del respeto a los demás y la ausencia de estridencias. La autora ofrece consejos sobre el comportamiento en diferentes eventos sociales y profesionales e insiste en que lo importante es actuar sin afectación. Todo debe fluir con naturalidad, de esa forma se conseguirá ser elegante, esa es su filosofía. No lo tengo en casa, pero existen ejemplares en muchas bibliotecas públicas.

     


 

Leer, consultar o, simplemente hojear libros de esta temática es entretenido y además, siempre podemos aprender algo más sobre ese difícil arte de las relaciones sociales, que es mucho más complicado de lo que parece.

lunes, 4 de enero de 2021

UNA HISTORIA SOBRE RECONCILIACIONES

La estancia del rey Juan Carlos I en el extranjero no es un exilio “voluntario”, ni “forzado”, pues utilizar esa palabra es rebajar la importancia y trascendencia histórica del hecho al que se refiere. Más bien, se puede interpretar como un mecanismo de distracción dirigido a propiciar un alejamiento sentimental entre el rey y los españoles y mitigar las emociones negativas que puedan generar las noticias sobre los hechos de que se le acusan. En este sentido, llama la atención la transformación radical que está sufriendo la opinión pública sobre Juan Carlos, por no hablar de la evolución en el tratamiento informativo de las noticias relacionadas con todos los miembros de la Familia Real, que han propiciado cientos de posibilidades y ampliado extraordinariamente el campo de actuación de los periodistas. Los medios de comunicación auguran cada día posibles movimientos del rey Juan Carlos I en el futuro, a partir de su temporal estancia en Abu Dabi. Imagino que tanto él como su familia planificarán el modo y momento para que el regreso sea lo más oportuno posible y, si bien las opciones no son muchas, no es baladí suponer que, cuando se produzca, será una noticia ampliamente tratada por los medios de comunicación, aspecto del que la Casa Real debe obtener un rédito positivo. Un hecho llama poderosamente la atención y es la ausencia de apoyos sobre la figura del que los periodistas llamaron “rey emérito”. Aunque está relacionado con varias causas, la inexistencia de sentencias bien podría animar a los que sin duda aún confían en su inocencia. Y dudo mucho que las informaciones sobre sus relaciones extramatrimoniales o actividades de ocio sean lo suficientemente poderosas como para provocar el rechazo absoluto por parte de los que, hasta hace poco tiempo, eran súbditos leales. El rey Juan Carlos no es el primero de los Borbones que debe ausentarse por un tiempo de su patria. Recordemos que la dinastía entró en España en 1700 y tuvo que ganar una guerra para quedarse de forma definitiva; recordemos también que casi un siglo después, la familia real tuvo que exiliarse en Bayona con motivo de la ocupación napoleónica; también que Isabel II tuvo que marchar al exilio, que su hijo Alfonso XII vivió en parte. En cuanto a Alfonso XIII, fue la proclamación de la Segunda República lo que le obligó a salir de España en un exilio también definitivo.
Por curiosidad histórica, he buceado en mi archivo de las figuras regias y su relación con el Principado de Asturias, en busca de noticias sobre la reacción de los asturianos cuando los reyes se hallaban en situación de peligro, y he encontrado noticias muy curiosas en las actas históricas de la Junta General del Principado, de las que he seleccionado las dos siguientes, producidas hace doscientos y cien años, respectivamente. La primera está referida a Fernando VII. Muchos recordarán las etapas de su reinado y cómo tras el Trienio Liberal que transcurrió entre 1820 y 1823, la intervención de los “Cien Mil Hijos de San Luis” logró su vuelta a España. Las noticias de su regreso se extendieron como la pólvora y faltó tiempo para que sus más fieles defensores mostraran alegría, tanto por parte de las autoridades oficiales, como de la nobleza. Como ejemplo de las primeras, se puede mencionar el encargo que la Diputación del Principado hizo a un grupo de comisionados, para que cumplimentaran al rey una vez llegara a Madrid. Entre los nombres aparecen los del marqués de Camposagrado y los señores Fernando Mon y Juan Mier Castañón, quienes enviaron una carta en la que exponen cómo realizaron la cumplimentación el día 26 de noviembre, en Madrid. Además, en Oviedo también se organizaron eventos privados en honor a la libertad del rey. Un ejemplo fue el brindis ofrecido por la marquesa de Vista Alegre, al que estaban invitadas las autoridades provinciales y personalidades de la ciudad de Oviedo, celebrado a finales de noviembre o primeros de diciembre del año 1823. En los diez años que le quedaron de reinado, Fernando VII no llegó a visitar Asturias en ninguna ocasión, pero los asturianos, si hacemos caso a las crónicas de la época, se volcaron en las exequias celebradas con motivo de su muerte, también en los actos de proclamación de su hija Isabel, y en las visitas realizadas por su viuda, Maria Cristina en 1852 y la reina Isabel, en 1858.
El segundo ejemplo que he seleccionado se produjo cien años después del regreso de Fernando VII, cuando reinaba Alfonso XIII y la monarquía se tambaleaba a consecuencia de la profunda crisis económica y atraso cultural y social de nuestro país. La dictadura de Primo de Rivera era incipiente y no daba indicios de solucionar los complejos problemas, por lo que tanto la prensa como los representantes de los partidos políticos orientados a la izquierda, llamaban la atención de forma insistente sobre la responsabilidad del rey en los problemas nacionales. A juicio de algunos diputados asturianos se trataba de una “campaña infame” sostenida por “malos españoles en desdoro de la Patria, del Rey y del Ejército”, y así lo hicieron constar en una carta enviada al Directorio Militar el mismo día de Nochebuena de 1924. La misiva llegó a Madrid, también los diputados provinciales que acudieron a la capital al acto celebrado en homenaje al rey, para cuyos gastos se tuvieron que aprobar los presupuestos correspondientes. Las instituciones asturianas demostraban así su lealtad al rey y a la Corona. Al año siguiente, en 1925, se organizó un viaje del príncipe de Asturias por tierras asturianas, que se celebró en el verano durante varias semanas a través de un programa frenético de eventos de carácter institucional y social. Para su organización, representantes asturianos se encontraron con el rey aprovechando la estancia estival de la Familia Real en Santander. Tanto las autoridades como el pueblo se volcaron con el joven y débil príncipe y, aunque hubo los lógicos rechazos y reacciones adversas, la estancia se convirtió en un perfecto producto de propaganda no solo monárquica, sino también de los recursos de la región. ¿Qué relación tienen esas noticias históricas con la estancia del rey Juan Carlos I en Abu Dabi y las posibilidades de regreso a España? Aparentemente, ninguna, pues las épocas y sus circunstancias son completamente diferentes. Pero me pregunto si, en caso de que Juan Carlos regresara en un estado de salud aceptable -como todos le deseamos sin duda- y el tiempo corriera a su favor, se acabarían produciendo reacciones de apoyo y alegría por su vuelta, tanto en Madrid como, por qué no, en Asturias. Y en caso de que la suerte le dé la espalda, la maquinaria de las instituciones de poder encontrará otros motivos para organizar eventos que alimenten esa centenaria relación de amor-odio que une a los Borbones, con los habitantes de esta tierra llamada España.

lunes, 1 de junio de 2020

OVIEDO


https://www.lne.es/oviedo/2020/04/26/punto-otonal-14623337.html

Una ciudad son paisajes, libros, música…también emociones. Por eso, siento un poco de pudor al escribir sobre Oviedo, la ciudad de mis abuelos donde mi madre pasó la infancia, aquella donde viví los años de la adolescencia y de la primera juventud, a dónde voy a trabajar, a comprar, a hacer mil cosas, donde tengo familia, amigos, compañeros, y también una casa familiar en la que pasé años muy felices. Me piden que escriba sobre esta ciudad y no puedo evitar que las remenbranzas se conviertan en protagonistas del texto. Siendo pequeña, pensaba que Oviedo era una ciudad grande y populosa. Mis primeros recuerdos son del bar “El Paisano”, en lo alto de San Lázaro, que era de Pompeyo, uno de los hermanos de mi abuelo Pepe, y de su mujer Laya. Mis abuelos habían comprado dos pisos en Vallobín tras su regreso de Alemania, pues en ese barrio habían vivido en sus primeros años de matrimonio. Ellos habitaban el de Gregorio Marañón, pegado a la zona de los chalets del Naranco. Cuando les visitábamos, nos llevaban a Galerías Preciados, también a comprar barquillos en el Paseo de los Álamos o en septiembre, a disfrutar del desfile de América en Asturias. Nos inculcaron el amor por esta ciudad y también, por qué no reconocerlo, un cierto orgullo. Cuando con 13 años empecé en el instituto de San Lázaro, fui ampliando mis espacios, ganando poco a poco parcelas de autonomía. El regreso a casa, terminadas las clases de la tarde, lo hacía caminando. Disfrutaba mucho en ese paseo de media hora, que se convertía cada día en una película diferente: recorría Arzobispo Guisasola, pasaba rápido por la calle de la Magdalena -un poco abrumada por el ambiente que entonces se veía por allí-, entraba aliviada en la plaza del Ayuntamiento y, cuando llegaba a Fruela, me iba deteniendo en muchos de los escaparates de sus tiendas. Atravesaba Uría, subía por la pasarela de la Losa y rápido, rápido, corría por Peñasanta de Enol, para no llegar tarde a casa. El itinerario cambió cuando subí al Cristo a estudiar la carrera; aún existía una gran ería, que cruzaba cada mañana con mi amigo Félix, antes y después de las clases, mientras conversábamos sobre los mil temas que preocupan a los veinteañeros despreocupados. Hoy veo a Oviedo como una ciudad pequeña, familiar, entrañable, acogedora. Algunos de sus espacios me gustan de forma especial, por ejemplo, la catedral -de cuya condición de guía presumo siempre que tengo ocasión-, y su entorno, especialmente el tránsito de Santa Bárbara y la calle de Santa Ana. También los barrios de San Lázaro y del Cristo. Me encanta imaginar historias -románticas, incluso-, que pudieron suceder detrás de los muros de la Fábrica de Armas de la Vega y fantaseo con los alrededores de la iglesia de San Pedro de los Arcos. Podría seguir escribiendo líneas y líneas, pero, como no tengo espacio, quiero dejar constancia de mi pasión por el patio interior del edificio histórico de la Universidad de Oviedo, donde se encuentra el busto de Isabel II; también por su biblioteca, que me recuerda mucho a la vieja del Fontán, que aún tuve la oportunidad de usar, en la que había unos viejos archivadores que hoy son piezas de colección. ¿Era tan oscura como yo la recuerdo? Por razones de trabajo -también de ocio- voy a Oviedo con mucha frecuencia y lo hago feliz. Me gusta su comercio y me encanta esa elegancia norteña que los ovetenses saben llevar con tanta facilidad, que no solo se traduce en la imagen personal, sino también en esa fina ironía, gracejo asturiano, que practican desde la cuna. Es un esnobismo natural -no puedo definirlo mejor-, traducido en un aspecto cuidado, buenas maneras y un habla que mezcla aparentemente sin esfuerzo, el castellano con el asturiano. ¡No es fácil, aunque lo parezca! Otro aspecto que me gusta mucho de Oviedo es su carácter de pequeña ciudad regia, cuya mejor muestra se halla en los monumentos del Naranco, agradables, de medida humana, como la montaña en la que se encuentran. Los muros de la ciudad histórica actual se han construido sobre aquella pequeña urbe prerrománica. El último rey, Alfonso III, se empeñó en extender sus dominios más allá de las fronteras naturales de la cordillera Cantábrica, provocando el desplazamiento de la corte. Algunos de sus sucesores inmediatos regresaron de visita, aunque fue Isabel II, en 1858, la reina que recuperó el valor de Oviedo como mejor escenario para los paseos, aclamaciones y encuentros de la monarquía con el pueblo. Se cuenta que la reina confiaba tanto en los asturianos, que durante su visita salía con su hijo en brazos, de paseo y sin escoltas, pues se encontraba en “casa”. No puedo dejar de mencionar a mis personajes literarios, con los que, aunque suene manido, sigo coincidiendo en sus calles. Ana Ozores, caminando erguida y prudente a la vez; Belarmino y Apolonio, discutiendo por las rúas de Pilares y, sobre todo, Lena Rivero. De la novela de la que es protagonista, y de su autora, me hablaba mucho mi abuela Joaquina, quizá porque ella había conocido la misma sociedad hipócrita y remilgosa que denunciaba Dolores Medio. Recientemente he incorporado al elenco de mis favoritos a “nuevas ricas, empresarios campechanos, aristócratas venidas a menos, jóvenes escritores ricos y sin talento…”, que la autora Luisa Navia-Osorio ha dibujado de forma tan divertida y mordaz -muy ovetense, por cierto-. Pow! Oviedo, gris de hogar, tus muros pintados me dan ese algo más… que bien sigue sonando esa canción de Los Murciélagos y qué buenos recuerdos me trae. Es verdad, Oviedo es gris y luce mejor bajo la lluvia; también es cierto que los recuerdos se entremezclan con las vivencias cotidianas y nos ayudan a mantener la ilusión y la frescura, a pesar de que el paso de los años pueda propiciar lo contrario. Una ciudad con un punto de melancolía, ideal en otoño, vieja, pequeña y preciosa, a la que no tengo falta de regresar porque, en realidad, sigo viviendo en ella.

martes, 29 de noviembre de 2016

UN TRABAJO REAL.

“La labor del niño es poco pero el que la pierde es un loco...” dice un refrán, que en sus distintas variantes, aparece en las colecciones regionales españolas y en las de otras naciones, al identificar algo tan universalmente arraigado como es el trabajo infantil. Esta expresión, hoy relacionada con la salvaje explotación de la mano de obra de niños y niñas, también lo está con la tradicional colaboración de los pequeños en los trabajos familiares, que además de restar carga a los mayores de la casa, facilitaba la aprehensión de los valores ligados al esfuerzo. Aunque las distancias sean evidentes, algo parecido se puede decir de los hijos de los reyes, que en las distintas monarquías que en el mundo ha habido y de momento sigue habiendo, también han “trabajado” y colaborado en las tareas familiares, casi siempre ejerciendo un papel de figurantes-participantes en las ceremonias y diversos actos protocolarios protagonizados por sus padres y abuelos. En los reinos que a partir de los RRCC fueron llamados España, tanto príncipes y princesas -herederos al trono- como infantes e infantas, tuvieron un papel muy activo en las representaciones regias. Pero especialmente a partir de Isabel II, el papel del heredero/a toma un protagonismo especial como depositario de un simbolismo ligado a la renovación y, por tanto, supervivencia de la institución. Cuando en 1858 se diseña el viaje de Isabel II por Castilla, León, Asturias y Galicia, a celebrar en los meses de verano, no se tiene ninguna duda en el importante papel que el pequeño Alfonso, nacido en el mes de enero, iba a desempeñar en ese recorrido. La Reina mantiene siempre muy cerca a su pequeño, y no duda, por ejemplo, en ofrecerlo al pueblo desde los balcones del palacio, vestirlo de “aldeano” para ir al al paseo del Bombé e incluso, subir a pie, con el niño en sus brazos, el último tramo de carretera hasta Covadonga, mientras es aclamada y aplaudida por la muchedumbre.
Por ello, no debe extrañar la incorporación de las pequeñas Leonor y Sofía en los actos oficiales protagonizados por el rey. Si se considera que “una imagen vale más que mil palabras”, la protagonista de esta reciente apertura de la nueva legislatura es la de la nueva Familia Real, renovada y sobre todo, refrescada con estas dos pequeñas, una de las cuales, la princesa Leonor, está llamada – salvo que se produzca una profunda transformación institucional- a cumplir el papel que hoy representa Felipe VI. Su grado de participación en los actos oficiales será, sin duda, estrictamente controlado, medido y planificado, pues, -estamos en el siglo XXI-, no se puede olvidar que es una niña y como tal debe crecer. Sin embargo, cuesta trabajo creer que la voraz maquinaria de la institución monárquica no aproveche esas cualidades a las que antes nos referíamos -frescura, inocencia, pureza, esperanza- y las utilice en pro de su imagen.

miércoles, 29 de octubre de 2014

LOS REYES TAUMATURGOS

Tomo prestado para este texto el título del libro de Marc Bloch, que hace tiempo me recomendó Luis Benito García, profesor de la Universidad de Oviedo. Y lo hago porque viendo las imágenes de la visita de los Reyes a Boal, con motivo de la concesión del Premio a “Pueblo Ejemplar”, fue lo primero que me vino a la mente al ver a las madres y padres acercar sus retoños a don Felipe y doña Letizia para que los acariciaran, besaran e incluso tomaran en el regazo. En “Los reyes taumaturgos”, el historiador francés analiza el poder curativo que se atribuía a los reyes en la Edad Media, y especialmente, estudia el caso de los monarcas franceses e ingleses a los que se creía capaces de curar la enfermedad con la simple imposición de manos. Describe como las crónicas de la época documentan cientos de curaciones y testimonian, sobre todo, la fe que los humildes vasallos tenían en esa figura dotada de poder real y terrenal, pero especialmente vinculada al poder espiritual, lo que le confería esas virtudes milagrosas.
La estancia de los reyes en Boal tuvo mucho de encuentro taumatúrgico. Los boalenses y sus allegados festejaron por todo lo alto la distinción, que supone un reconocimiento muy importante a la larga lista de méritos de los que tanto se ha hablado. Vieron de cerca, fotografiaron, tocaron a los reyes, quienes se dejaron agasajar, conscientes como son de la importancia de lograr la plena identificación con los ciudadanos. El gesto de doña Letizia mojando sus manos en el agua del lavadero, es de los que dejan huella en la memoria colectiva del pueblo, lo que ella sabe como buena periodista y comunicadora que fue (y seguro sigue siendo). En varias ocasiones, tanto el rey como la reina “rompieron el protocolo” para saludar, besar, tocar y ser tocados. Lógicamente, es éste un “imprevisto” previsto, pues en un acto como el del Pueblo Ejemplar, lo fundamental es el encuentro con el pueblo. Lo mismo se ha vivido en ediciones anteriores y en todas ellas, se alcanzan similares cotas de alegría y exaltación popular, pues a la satisfacción lógica de los vecinos por el galardón recibido, se une la emoción de sentir tan cerca a la pareja de personajes reales, a los que habitualmente sólo se ve a través de la pantalla de la televisión o las páginas de los periódicos y revistas.
La visita de los reyes a Asturias recuerda, un poco, a las que hacían los antiguos monarcas a las plazas y ciudades en las que tenían reino y en las que ejercían su poder curativo. Lógicamente, las formas han cambiado, el ceremonial es más sencillo y el contacto, más directo. Vivimos la visita con mucha alegría pero con cierta perplejidad, pues los ciudadanos de hoy somos mucho más escépticos y sabemos que las enfermedades sólo las curan los médicos. El rey, en la emotiva ceremonia de la entrega de los Premios, hizo de nuevo un llamamiento a la necesidad de regenerar los valores democráticos, apelando a la ética como necesaria meta a alcanzar entre todos. Don Felipe está logrando comunicar bien y de forma positiva. Su gesto es de cercanía, su cara es amable, sus ojos tienen una expresión risueña. Transmite cariño y especialmente cuando está en Asturias, se le nota una especial expresión de felicidad, lo que se convierte en un valor extraordinario para la Fundación, para el Principado y por supuesto, para el estado español. Se le está empezando a llamar Felipe, “El Decente” y la difícil meta que entre todos le estamos marcando (que efectivamente, lo sea), necesita de un intenso esfuerzo y sobre todo, ejercicio de mantenimiento. Habrá quien piense, que estas valoraciones sólo tendrán sentido dentro de unos cuantos años, cuando el paso del tiempo ponga a cada persona en su sitio, como acaba haciendo siempre. Otros, creemos ver en el rey el atisbo de lo que va a ser una jefatura firme y rigurosa, a la vez que entrañable y cercana.
En la difícil situación que nos está tocando vivir, sometidos como estamos a constantes retos, nuestra relación como pueblo con el Jefe del Estado, está cambiando y creo que adquiriendo ciertos rasgos de “trabajo en equipo” que no se puede desdeñar. El mensaje no responde sólo a una estrategia diseñada desde la Casa Real, sino que tiene un componente de reciprocidad indudable. El rey representa al Estado y desempeña una serie de funciones reconocidas en la Constitución. Una no escrita, pero la más importante, es la se ser reconocido y querido por los ciudadanos, con los que está intentando alcanzar el alto grado de identificación, indipensable en la construcción de ese futuro común. En el pasado, los reyes medievales “curaban” a sus vasallos de las terribles enfermedades que ocasionaban llagas y purulencias. Mucho han cambiado las cosas desde entonces, tanto, que el poder taumatúrgico ha cambiado de manos y en la actualidad, son ellos, los monarcas, quienes necesitan recibir el poder sanador de las nuestras.

lunes, 21 de julio de 2014

EL VERSALLES ASTURIANO, EN CUDILLERO

     Nuestro Principado presume de naturaleza, paisaje y gastronomía y además, cuenta con un importante patrimonio histórico artístico, capaz de ofrecer un plan distinto para cada día de verano. Un buen ejemplo es la “Quinta de Selgas”, en el pueblo de El Pito (Cudillero), construida por los hermanos Fortunato y Ezequiel Selgas, quienes conjugaron de forma maestra las que fueron sus dos grandes pasiones: las finanzas y negocios, en el caso de Ezequiel, y el arte, en el caso de Fortunato. El resultado fue un precioso conjunto arquitectónico, artístico y paisajístico, que no sólo engloba la quinta, sino también otras construcciones, como la Iglesia de Jesús Nazareno, la Casa Rectoral, las Escuelas, la Casa Cuartel de la Guardia Civil y las Escuelas, cuyo edificio se conserva en perfecto estado y aún con fines educativos.
     ¿Qué impulsa a dos burgueses enriquecidos, de procedencia rural, a crear este importante conjunto en su pueblo natal, el Pito? A partir de unos terrenos heredados de sus padres, fueron añadiendo otros adquiridos con sus ganancias. Fortunato era además de empresario, historiador, escritor y gran aficionado a la historia del arte. En aquella época, los miembros de esa clase social necesitaban dotar a sus viviendas de un conjunto de obras de arte (escultura, tapices, pintura, orfebrería), que, de alguna manera, “maquillara” su reciente incorporación a la clase alta. Por eso, era frecuente que compraran en subastas especializadas que se celebraban en Madrid, importantes colecciones, parte de las cuales se pueden ver hoy en la exposición permanente del palacio, como este "Retrato de Dama", del siglo XVII.
     Los jardines son impresionantes: el francés, que adorna la entrada principal del edificio, y se caracteriza por un estilo geométrico; el italiano, que cede todo el protagonismo a la fuente central, adornada con preciosos nenúfares y especialmente, el inglés, que brota en un estilo aparentemente libre y desenfadado, incluso apto para nuestras xanas asturianas...
     Especialmente, me ha encantado el museo dedicado al material escolar que se utilizaba en las Escuelas, construidas y patrocinadas por los hermanos. Los viejos mapas del mundo, manuales de gramática, pupitres y útiles de escritura, hacen rememorar a los mayores tiempos que parecen muy lejanos, pero que no lo son tanto. Durante la visita, escuchaba a los abuelos explicar a sus nietos la utilidad y funcionamiento de muchos de los instrumentos, y me parecían momentos muy emotivos y especiales.
     La fundación Selgas Fajalde http://www.selgas-fagalde.com/ es la responsable de velar por todo este patrimonio; en su página se puede encontrar información muy detallada sobre las numerosas obras de arte que se pueden ver. Sobre todo, quisiera destacar la amabilidad y profesionalidad de todos los encargados de la atención al público, que en todo momento se muestran solícitos y encantadores. El espacio lo merece.